Myhail Dubrokny pertenecía al vigésimo séptimo regimiento de tierra del ejército revolucionario de BocaNegra; se encontraba a las órdenes de Vlad Dimitrus, teniente coronel de las fuerzas de raso del cuarto pelotón de infantería. Myhail no era diestro ni en el cuerpo a cuerpo ni en la utilización de armas de largo alcance, por lo que su superior, Vlad, les había encargado hace dos semanas a él y a Yuriy la difícil tarea de vigilar la retaguardia cuando el escuadrón de avanzadilla se lanzaba al ataque. Yuriy había muerto ayer. Sobre las tres de la madrugada el fuego era contante desde los dos flancos, Myhail y Yuriy observaban desde un pequeño cerro que protegía el valle donde se desarrollaba la batalla. Oleksandr, el sub-teniente de infermeria apareció en la oscuridad con un compañero severamente herido en el abdomen, ante lo que Yuriy salió corriendo a su encuentro. Myhail lo vio alejarse unas decenas de metros, y vio también como cuando sólo le restaban pocos pasos para llegar hasta Oleksandr una bala perdida, naufragada, sin destino posible, seguramente disparada por Aldashir, un soldado más bien loco que disparaba sin ton ni son a tierra y al aire del bando astro-persa y que ya había matado a casi una decena de compañeros; impactaba en su sien desprotegida (había utilizado su casco como sillín mientras esperaba junto a Myhail) y lo desplomaba en el suelo como un vulgar saco de tubérculos. Sólo hacía un mes que conocía a Yuriy, era una chico de unos catorce años que se había enrolado al ejército revolucionario cuando éste pasó por su ciudad natal unas semanas antes. En una ocasión Yuriy le había contado que antes de la guerra ayudaba a su padre como pintor, Myhail lo imaginaba distraído, absorto en la nada, con los hombros adoloridos por el primer techo que se empeñado en pintar sólo, mientras observaba a su padre. Ahora lo veía muerto, tumbado en suelo como si siempre hubiera formado parte de aquel paisaje rocoso. Con el cigarro que éste le había dado dos segundos antes de que apareciese Oleksandr en la boca, y en la misma la palabra fuego sin pronunciar. Como demanda de una cerilla y por destino del jocoso azar como alerta de una funesta sombra también. Myhail se quedó inmóvil sin poder tan siquiera reaccionar, no por miedo o por horror, sino por apatía. Sentía que los antiguos pensadores se habían equivocado en la raíz de sus reflexiones; el ente podía de todas todas ser y no-ser al mismo tiempo. Como él mismo experimentaba en esos momentos taciturnos. Como el viento que soplaba a sus espaldas y se alejaba hacía el infinito, y como los silbidos de los proyectiles que se entrecruzaban enfrente suyo sin piedad ninguna. Como el humo que ahora, después de encender una cerilla, salía de su nariz sin fuerza ni impulso y se difuminaba sin sentido posible en la penumbra. Como las huellas que dejó tras de sí al abandonar el cerro en la misma dirección en que soplaba el viento, contraria al campo de batalla; para despedirse por siempre ya de permanecer en la retaguardia observando como todo acontecía con increíble lentitud ante sus ojos, augurando la victoria cuando veía al flanco central avanzar, fumando con pasmosa desidia mientras los demás morían o sobrevivían; eso daba igual.

Jorge García poseía en su propiedad un viejo y mal usado tocadiscos que heredó de un familiar al que no recordaba. Con él, venía integrado un disco de los sesenta que no podía ser sacado del anclaje central; pertenecía a un grupo añejo de la época de los hippies llamado “Jerónimo Jackson”. Jorge prefería escuchar una y otra vez aquél vinilo antes que comprar un nuevo y ostentoso reproductor de mp3 con el logotipo de la manzanita en el dorso, llenarlo hasta rebosar de música moderna que previamente podía descargar ilegalmente en casa de su primo Carlos, y dejar para el olvidadizo recuerdo su antiquísimo mueble de uno y medio de alto con un lp integrado de por vida. No es que le apasionara la música de aquellos melenudos sesenteros, tampoco tenía un especial interés para él el aparato en sí, sentimentalmente ni recordaba al familiar muerto, incluso a veces dudaba de si realmente lo llegó a conocer; tampoco podía esperar sacar un provecho económico si lo malvendía como reliquia. La causa de su decisión monumentalista para con el tocadiscos, se debía a una particularidad especial del cachivache en sí. Éste tenía una fisura, una grieta, un desvío, un punto de fuga o una estría en el disco. De improvisto, sin el menor de los avisos, en medio de una reproducción normal, la aguja con punta de diamante de la cápsula fonocaptora saltaba en cualquiera de los surcos del vinilo y aterrizaba en cualquier otro punto del mismo. Lo curioso del caso es que la máquina nunca dejaba al lp acabar de reproducirse en su totalidad; a veces Jorge se sentaba pasmoso delante de él y esperaba con la parsimonia de un gato endormecido que el disco llegara, después de varios saltos, hasta la última canción; ésto no siempre sucedía, pues había ocasiones en las que aburrido de esperar Jorge salía al patio trasero a fumar o encendía la nueva consola que se había comprado con la última paga doble del restaurante. Pero de vez en cuando el milagro acontecía, y el disco llegaba hasta la última canción; entonces la ansiedad de Jorge se disparaba como un cohete la noche de los fuegos, y cada segundo que transcurría se convertía en una inmensidad de maravillosa espectación. Esperaba con atención que la canción llegar a sus compases finales, aquellas estrofas lacónicas donde frases de guitarras reverberizadas y solapadas unas en otras, daban fin a la grabación. Ésto sucedía en muchas menos ocasiones aun que el poder escuchar el último track; en la mayoría de ocasiones que Jorge llegaba al deleite del último tema, el tocadiscos saltaba sin más a otro punto; quitándole de los labios la miel que ya casi saboreaba. Jorge esperaba que en los últimos segundos de silencio que había entre el final del último tema y el final del disco, la aguja, como por arte de magia, apareciera en el lugar menos esperado del vinilo. Tal vez en aquel solo de guitarra tan apabullante del cuarto corte, o quizás en algún impase instrumetal con aires indúes que tanto le gustaban. Eso daba igual, la cuestión relebante es que si esa cadena de coincidencias sucedía, si tenía la paciencia, o la suerte, necesaria como para llegar hasta ese punto, entonces y sólo entonces podía prever, augurar, predecir, sentir en ultima instáncia el salto, la fuga, el desvío, la fisura en su plenitud. Se hacía a él mismo a su manera mortal dueño, o como mucho, partícipe del azar.